EVANGELISMO ES COMUNICACIÓN
Rev. Horacio Latté
Desde que el hombre existe se comunica. Es parte de su esencia.

La palabra comunicación proviene del término latino “comunis”, que significa común. Al comunicarnos estamos tratando de tener en común cierta información, idea o sentimiento con otra persona.

La esencia de la comunicación consiste en la sintonización recíproca entre emisor y receptor.

En todo proceso de comunicación hay seis elementos básicos:
• El Emisor: alguien que codifica un mensaje.
• El Receptor: alguien que lo decodifica al interpretarlo.
• El Mensaje: la idea que deseamos compartir.
• El Canal: el medio físico por donde circula el mensaje (el aire por donde viaja el sonido o la tinta y el papel donde se imprimen signos).
• El Referente: la realidad mencionada, el contexto, el conjunto de hechos, personas, objetos y cosas acerca de los cuales hablamos.
• El Código: el sistema de signos elegido para transmitir el mensaje.

En la comunicación lingüística ese código es la lengua (por ej.: la Lengua Castellana) y debe ser común entre emisor y receptor para que la comunicación sea posible. La respuesta, así sea una risa o un bostezo, propiciará la realimentación del circuito o la rectificación del mensaje.

El Evangelio es comunicación. Consiste en un mensaje que nos ha sido comunicado. La Biblia es el canal más usado por Dios para comunicarse con nosotros. Y el nuestro, la oración. El mecanismo de Dios es el Espíritu Santo y el código que tiene Dios para comunicarse es el amor.

Jesús se comunicaba habitualmente con sus discípulos a través de parábolas, que son narraciones de sucesos fingidos de las que se deduce una verdad importante o una enseñanza moral.

Jesús había establecido un código con sus discípulos que hacía que se entendiesen sin que los demás se enteraran. Además de comunicarse, tenía una relación con ellos, mantenía un vínculo.

También se comunicaba con los publicanos y pecadores, comían sentados a la misma mesa, y con ellos tenía otro tipo de relación.

Mantuvo, incluso, comunicación con los fariseos cuando éstos cuestionaban su parecer (Marcos 2:24), pero no tenía ninguna relación con ellos.

De lo dicho se desprende que:
• La comunicación no implica siempre una relación. Por ej: me comunico con alguien para preguntarle la hora; hay comunicación, pero no hay relación.
• Para que se establezca y se afiance una relación necesita de la comunicación; debe haber además una intención, una decisión.

Ya vemos una posible dificultad con respecto a las relaciones.

Para nuestro crecimiento espiritual (nuestra relación con el Señor) es imprescindible que se establezca una comunicación con Él y que crezca hasta llegar a la comunión. Nuestra comunicación a través de la oración y de oír Su voz, nos lleva a esa relación en común, común-unión (koinonía), a esa asociación tal, que nos permite movernos como parte de una misma sociedad, teniendo a Cristo en nosotros y estando nosotros en Cristo.

Tanto en la relación con el Señor como con el prójimo, puede haber interferencias. Son todas aquellas perturbaciones que no nos permiten comunicarnos bien ni establecer buenas relaciones. Este es el nudo de la cuestión.

¿Cuántas veces oímos decir: “Parece que el Señor no me oye”? ¿No será que somos nosotros los que no estamos oyendo lo que el Señor quiere indicarnos?

¿No será qué hay interferencia en la comunicación, y que esta puede llamarse: rebeldía, enojo, falta de convicción de pecado, falta de perdón, amargura?

En Hebreos 3:7-8 leemos: “Por eso, como dice el Espíritu Santo: “Si ustedes oyen su voz, no endurezcan el corazón”.

Cuanto más se va endureciendo el corazón, más insensible se torna a la voz de Dios. La indiferencia (sentimiento contrario al amor) a las advertencias de la voz del Señor va debilitando la relación con Él y hace que el fuego se apague.

Sabemos que el enemigo está siempre al acecho, tratando de entrometerse en nuestra relación con el Señor, confundiéndonos, haciéndonos dudar, mintiéndonos, engañándonos.

Efesios 4:27 dice que no debemos dar lugar al diablo, y justamente lo aclara cuando habla del nuevo nacimiento, cuando señala todo aquello que habremos de dejar de lado de allí en adelante y cómo debemos tratarnos entre nosotros.

Tanto en la relación con Jesús como con el prójimo, puede haber interferencias, que provienen de las viejas heridas no sanadas, de resentimientos, de raíces de amargura, de falta de perdón, de sentimientos de culpa, de autocondenación.

Todas estas emociones alteradas y perturbaciones nos impiden ser auténticos cristianos y tener gozo. Gozo es el resultado de una relación y es lo que me permite estar con Dios en medio de la peor tormenta.

Por eso, necesitamos Sanidad Interior que nos lleva a vivir el señorío de Cristo por gracia y nos da la posibilidad de mejorar nuestras relaciones interpersonales.

 

 


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