LIDER

Todo aquel que ejerce un liderazgo –o que se esté preparando para hacerlo– anhela que su ministerio o el área que le ha sido asignada, no solamente funcione sino que funcione bien, que obtenga logros significativos, que tenga éxito.

Éxito entendido como resultados, frutos, triunfo, victoria.

En términos generales, de un líder se espera que sea capaz de dirigir, de guiar, de conducir, de enseñar, de ir adelante en la misión que se le ha encomendado.

Solemos referirnos a la responsabilidad encomendada como “nuestro” o “mi” ministerio y –cuando queremos ser más ortodoxos lo llamamos “el ministerio que el Señor me ha dado”, siguiendo lo que dijo el apóstol Pablo en Efesios 4:11: “Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros”

No es mi intención detenerme en una cuestión semántica (o del correcto uso de las palabras) ya que damos por sobreentendido que es Cristo quien nos da esos dones de ministerio pero, a la hora de ver su desarrollo y funcionamiento debemos preguntarnos:
¿Qué lugar ocupa Él verdaderamente?,
¿En qué medida ejerce el control y dominio?,
¿Cuál es la participación que le permitimos tener?

Creo que todos estamos de acuerdo en sostener que el “éxito” del ministerio depende del lugar que Jesús ocupe en el mismo.

Decirlo es más fácil que ponerlo en práctica ya que para esto hace falta una actitud que se desprende de la categoría de relación que mantengamos con Él. De la calidad del vínculo.

Esta particular relación que establezcamos en nuestra vida con el Señor tiene que ver con qué de Él hay en el hijo, en el siervo, en el líder.

No estoy hablando en esta oportunidad de “llenura”, de cuánto sino de qué de Jesús está en nosotros.

Dice la Palabra que Jesucristo, el siervo líder, vino para servir: “así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”.

Pablo habla de esa “actitud” al escribir en Filipenses:
“La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús”

Todo parece complicado si pretendemos, por nuestros medios intelectuales y personales, tomar la “actitud” de Cristo y hacerla propia. Así no se hace.

Para finalizar, te propongo que a lo largo de esta semana recuerdes lo que Pablo escribió: “Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derrotar fortalezas”.

 


medios Audio Artículos Video Fotos Librería
HORACIO LATTÉ © Copyright 2005
Diseño: Sigueme Network - Multimedios