Remoción

La Biblia nos cuenta que en los tiempos de Jeremías las circunstancias eran desoladoras, nunca habían sido tan desoladoras: la invasión babilónica, la sequía, la destrucción del templo de Jerusalén.

El mismo profeta Jeremías pasaba sufrimientos y dolores; a tal punto estaba empapado de tristezas, angustias y hostilidades que, frecuentemente, se lo ha nombrado como “el profeta llorón”.

La situación era realmente complicada; nunca antes para la Nación de Judá las cosas se habían visto peor.

De la misma manera, sabemos que hay tiempos en la vida de las personas, en que las circunstancias se complican de la peor manera, esos momentos en que uno dice:

“Se juntó todo”, parece que todo se hubiera complotado en contra de nosotros; puede ser un problema propio, un problema de un ser querido, o un problema familiar, y nos hace decir: “Nunca me las vi peor; estoy desolado.

Nunca estuve tan mal. Jamás las cosas estuvieron peor para mí. Me siento abandonado de la mano de Dios. Mi tristeza me hunde. ¿Qué estoy haciendo de mi vida? Ya no puedo más. ¿Es posible que esté atravesando por todo esto?”
Hay personas que sienten que Dios se olvidó de ellos.

Hay momentos en que las cosas se complican en la vida de las personas, como estaban complicadas en los tiempos de Jeremías para la Nación de Judá.
Pero es importante ver que Dios no abandona a su pueblo, jamás lo abandona, siempre da otra oportunidad al que se arrepiente y espera en él.

En Jeremías 31:13 dice el Señor: “Convertiré su duelo en gozo, y los consolaré, transformaré su dolor en alegría.

Dios quiere atender el dolor del alma, Él sabe que el dolor del alma existe, lo conoce y quiere dar descanso a las luchas, que generalmente son luchas internas.

El Señor dijo que en esta vida tendríamos aflicciones y conflictos, y muchos de estos conflictos son luchas en nuestro interior; quisiéramos hacer y no podemos.

Quisiéramos sentir determinada emoción, pero sentimos lo contrario. Quisiéramos ser llenos de gozo y no podemos porque hay amargura, porque hay tristeza, porque hay dolor.

El Señor sabe de nuestras luchas y para poder restaurarnos, Él va a dar un primer paso necesario. No va a haber restauración sin este primer paso: la remoción.

Remoción es re-mover, como cuando va la topadora y levanta todo lo que hay que sacar del suelo, primero lo remueve.

El Señor dice en Hebreos 12:27: “La frase ‘un una vez’ indica la transformación de las cosas movibles, es decir, las creadas, para que permanezca lo inconmovible”.
Las que tienen que quedar son las cosas de Dios.

Por eso, no puede haber restauración si no hay remoción, es decir, si no se remueven las cosas hechas antes de que el Señor llegara a nuestra vida.
Pensemos en el ejemplo del florero roto para que se entienda la importancia de este primer paso.

Cuando usted compra pegamento para pegar los pedazos del florero verá que las instrucciones dicen que antes de pegar es necesario remover toda suciedad o cualquier resto, porque de lo contrario no quedará bien.
Con Dios sucede de la misma manera.

Si no mueve, si no quita de la superficie todo lo que queda de antes, se puede arruinar el trabajo, Él no va a poder actuar.
La remoción a veces no es algo sencillo; cómo hacer para recordar lo que quedó atrás, hablar de lo que ya pasó, volver a sufrir o recordar a tal o cual persona.

Efectivamente, habrá que esta preparado para que Dios remueva cosas en nuestro interior, porque es el Señor quien efectúa la remoción.

Cuando se va a hacer un edificio nuevo, el terreno se remueve primero, se quitan suciedades, basuras, malezas, escombros, a fin de que el edificio tenga una buena base y sea útil.
Hay que estar dispuesto a pasar por la remoción cuando deseamos sanidad de Dios.

Los versos siguientes del pasaje de Hebreos que citamos dicen: “Así que nosotros, que estamos recibiendo un reino inconmovible, seamos agradecidos. Inspirados por esta gratitud, adoremos a Dios como a Él le agrada, con temor reverente, porque nuestro Dios es fuego consumidor”.

Nos repite nuevamente el Señor que lo que Él va a remover son las cosas movibles, son las cosas que se hacen con la mente humana, con la mano del hombre, con las conductas del hombre.

Pero que lo inconmovible, que es lo que Dios hace, esas cosas van a quedar para siempre en nosotros: su sanidad, su unción, su amor.
Esto es lo inconmovible, lo de Dios.

Está claro en la palabra que nuestro Dios, el mío, el suyo, es un Dios activo y enérgico, no va a dejar pasar por alto las cosas por pequeñas que parezcan; consume con fuego, “porque nuestro Dios es fuego consumidor”.

Él quiere quemar, remover y quitar toda la basura anterior que no permite que el Reino, es decir, lo inconmovible de Dios esté en su vida.
No es fácil, pero es algo realmente hermoso; acaso, ¿no resulta agradable pensar en quitarse todo lo que está feo, lo que está enfermo, lo que está mal?

Dios va a destruir todo el sistema del mundo actual y lo va a reemplazar por cielo nuevo y tierra nueva. Lo único que se va a conservar será el reino de Dios y quienes lo integran.

Evidentemente, las cosas movibles son las que realiza la mano del hombre.

Dios destruyó todo lo que Israel y Judá habían edificado por sus propias manos.

Del mismo modo, quiere remover todo lo que esté mal edificado en nuestra mente, en nuestros sentimientos, en las imágenes confusas que tenemos acerca de nosotros mismos, grabadas en lo más profundo de nuestro ser.

 


medios Audio Artículos Video Fotos Librería
HORACIO LATTÉ © Copyright 2005
Diseño: Sigueme Network - Multimedios