De principio a fin la salvación y todo el quehacer cristiano dependen de la gracia de Dios. Nuestro Padre Celestial es quien establece las condiciones para mantener una relación agradable, y no nosotros.

Hay personas que gastan años de sus vidas, sin darse cuenta, tratando de agradar a Dios y tratando de mantenerse en buenas relaciones con Él “a su manera”.

Falsas doctrinas que quedan oxidadas en algún rincón del corazón del cristiano, lo llevan a buscar congraciarse a través de buenas obras, sacrificios no pedidos o votos de pobreza.

Ninguna de estas condiciones las pone el Señor como requisito para obtener una buena relación con Él.

Por gracia somos llamados a arrepentirnos, por gracia recibimos la fe y por gracia el Espíritu Santo comienza a obrar.

Aceptando a Cristo como Señor y Salvador recibimos más gracia para ser nacidos de nuevo y ser llenos del Espíritu de Dios y por gracia vivimos una vida cristiana, podemos resistir al pecado y también servir al Señor.

Él nos da gracia hasta para producir en nosotros el “querer como el hacer” y ejecutar su buena voluntad.

¿Cómo hacer con esa característica, por ejemplo, de nuestra personalidad que sabemos que no agrada a Dios?

Tratamos de forzar rasgos de nuestro carácter a fin de ser agradables frente al Todopoderoso, pero esa “fuerza” no provoca el cambio deseado.

Si nuestras debilidades pudieran ser superadas por nosotros mismos, la sangre de Jesús y el Espíritu Santo no tendrían ningún sentido. No hay para eso técnicas, filosofías o explicaciones sino transformación a través de un gran poder: “Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder...” Hechos 1:8

Pídale a Él que derrame de Su gracia sanadora para poder “querer hacer” algo diferente, que Él sea quien insufle de Su voluntad.

Para finalizar, te propongo que a lo largo de esta semana recuerdes lo que Pablo escribió: “Pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad”.